Las caricaturas que el New York Times pagó por no publicar

venres 13 marzo 2009

¿Qué es lo que el New York Times no quería que vierais?

¿Podéis imaginar ilustraciones tan “blasfemas,” tan “políticamente embarazosas,” tan sexualmente “atrevidas” que el New York Times pagara gustosamente una fortuna sólo para proteger vuestros delicados ojos de ser expuestos a ellas?

Encontraréis cientos de semejantes ilustraciones supuestamente “no aptas para ser publicadas” – juntas con los motivos estrafalarios y a veces risibles para suprimirlas – en un nuevo libro avispado y deliciosamente divertido llamado “All The Art That’s Fit to Print (And Some That Wasn’t)” [Todo el arte apto para ser publicado (y un poco que no lo era)”, de Jerelle Kraus, ex Editora de Arte de las páginas de opinión editorial del Times, quien dejó a regañadientes su “trabajo soñado” en el Times después de 13 años para publicarlo.

Y tenemos suerte de que lo haya hecho. Su libro (publicado por Columbia University Press) rescata 320 impresionantes ilustraciones por 142 de los artistas gráficos más provocativos del mundo, incluidos

David Levine, Jules Feiffer, Ronald Searle, Milton Glaser, Charles Addams, Maurice Sendak, Edward Gorey, Ralph Steadman, Larry Rivers, Saul Steinberg, Ben Shahn, Art Speigelman, Andy Warhol, Garry Trudeau, y muchos más.

La publicación de esas ilustraciones debería haber sido una ocasión de orgullo y regocijo en el Times. En su lugar, muchos fueron excluidos por editores asustadizos – a menudo sólo minutos antes del cierre de la edición.

¿Qué espantó a esos mundanos editores del Time?

La señora Kraus, uno de los directores artísticos con más antigüedad de la página de opinión editorial del Times (ha habido 27), dice que los editores del Times estaban convencidos de que los ilustradores siempre trataban de engañarlos de alguna manera, siempre conspirando para hacer pasar declaraciones sexuales o políticas ocultas. De modo que frecuentemente atenuaban el arte editorial hasta casi vaciarlo por completo – aunque, irónicamente, los artículos que ilustraban eran a menudo audaces e impactantes.

Aunque la administración del Times creía que la pluma era más poderosa que la espada, tenía una sospecha desasosegada de que el arte podría ser más brutal que la pluma. Eso resultó en insólitas censuras de último minuto – especialmente de caricaturas de gente famosa, contra las que existía una prohibición antigua y enigmática. “Se podía escribir algo, y ser todo lo mordaz que se quisiera,” dice Kraus, “pero no podías dibujarlo.”

Por ejemplo, esta ilustración bastante benigna de Bill Clinton, por Robert Grossman de 1994, como cruzado (que probablemente le hubiera gustado a Clinton) fue rechazada por el antiguo Editor Ejecutivo del Times, Howell Raines, porque “es una inicua caricatura de un presidente en funciones” – a pesar de que el editorial que ilustraba era mucho más inicuo.

La ilustración de George W. Bush por Ward Sutton – sudando (literalmente) los resultados de la elección de 2000 - fue considerada poco halagadora para la majestad de su cargo. (No se supone que los presidentes de EE.UU. suden.) De modo que el trabajo sólo pudo ser publicado después que las gotas de sudor ofensivas fueron eliminadas de la frente de Bush – junto con lo que el artista haya querido decir.



Otro ejemplo de la imaginación bastante fértil del Editor Ejecutivo Raines: Cuando se le presentó un dibujo de Nancy Stahl de una bombilla de alumbrar con un símbolo de copyright arriba (para un comentario editorial sobre patentes), exclamó: “¡No podemos publicar un pecho desnudo con un pezón!”

Incluso Andy Warhol, quien en esos días era indiscutiblemente uno de los artistas más famosos del mundo, podía ser censurado. En 1980, el periódico encargó a Warhol la ilustración de un editorial poco halagador sobre Ted Kennedy como “personaje nebuloso.” Pero su ilustración fue rechazada por la dirección como “sin sentido” – a lo que Kraus respondió (en voz baja) que tal vez podrían limitarse a publicar sólo la firma.

Frecuentemente la malicia intencional de un artista palidece en comparación con lo que se imaginan los editores, quienes parecen encontrar falos fantasmas en los sitios más extraños. En 1996 Milton Glaser dibujó un extraterrestre ardiente para un editorial del Día de San Valentín que describía fantasiosamente el amor intergaláctico. Fue eliminado porque la dirección dijo que la nariz del extraterrestre “parecía una parte tabú del cuerpo humano.”

Esta ilustración de un artículo sobre estética fue rechazada por desnudez inaceptable – escandalizando al artista de Belgrado Jugoslav Vlahovic. “Publico dibujos como ése todo el tiempo en este país comunista,” dijo.

La broma elegantemente sardónica de David Sutter, encargada para un artículo sobre el desdén con el que los ejecutivos ven al poder legislativo en EE.UU., no logró pasar la prueba del gusto – es decir ofendía la dignidad del gobierno de EE.UU. (y al New York Times).



La interpretación por el humorista de Ohio George Kocar del pedido de Ronald Reagan de dinero para misiles alarmó a los editores – pero no por la nariz nuclear o los ojos ciegos. Lo que selló su suerte fue que reducía a un presidente de EE.UU. a la condición de mendigo.



El termómetro de Cathy Hall de 1996 debía ilustrar las brutales fluctuaciones en el tiempo (es decir, muestra más de 90 grados F [32º C], pero está rodeado de nieve). Fue eliminado, en los últimos segundos antes del cierre de la edición, cuando un editor objetó: “¡Es una eyaculación!” dijo.



Éste es uno que los editores desearon que hubieran eliminado. Justo antes de la primera Guerra del Golfo, en 1991, esta representación de Sadam Husein de David Levine apareció bajo el título “La ascendencia del hombre.” El Times fue inundado por tantas quejas de árabes-estadounidenses que tuvo que instalar una línea telefónica separada con una disculpa grabada.

Un retrato relativamente benigno de Idi Amin por el artista peruano Carlos Llerena Aguirre fue considerado una acusación “demasiado severa” de los asesinatos de su propio pueblo por el tirano ugandés – a pesar de que el artículo se mostró mucho más feroz en su condena. De nuevo, puedes decirlo, pero no puedes dibujarlo.



Y la imagen, por Brad Holland, de una rata suicida, para un artículo sobre viviendas de bajo coste en Manhattan, fue rechazada, dijo el editor, por “ir demasiado lejos” (no importa lo que haya querido decir).

El libro ofrece muchas otras imágenes gráficas – y las extravagantes razones editoriales para censurarlas – involucrando a Henry Kissinger, Ella Fitzgerald, Yasir Arafat, Richard Nixon, Leonard Bernstein, Osama bin Laden, George Bush, Bill Clinton, Fidel Castro, J. Edgar Hoover, JFK, Madonna, Joe McCarthy, Edith Piaf, Picasso, FDR, Hillary Clinton, Barack Obama, y cientos más.

Por desgracia, si buscáis más información sobre este libro – no esperéis encontrarla en una reseña en el



New York Times. No existe. Durante años, el Times trató de desanimar a la señora Kraus respecto a la publicación de este libro, pero ahora que apareció, el Times se niega rencorosamente hasta a reconocer su existencia, y mucho menos a publicar una verdadera reseña. Y ya que la Sección de Libros del Times es la biblia del mundo editorial, el que no se preste atención en sus páginas a un libro puede a menudo destruir las posibilidades de que atraiga a un gran público.

Sea cual sea la intención del Times – un ‘apagón’ publicitario puede llevar a que el libro desaparezca silenciosamente. Pero en este caso es demasiado divertido como para desaparecer (silenciosamente). La autora comienza a recibir una creciente cantidad de invitaciones a programas de entrevistas en la radio y la televisión, y sus irónicas presentaciones en diapositivas son un ítem “ardiente” en librerías, bibliotecas y campus universitarios en todo el país.

En los hechos, el 26 de febrero – junto con el ex columnista del Times (y ganador del Premio Pulitzer)

Sydney Schanberg – ella hizo una presentación y discusión sobre su libro en la librería Barnes and Noble, en Broadway en la calle 82 en Manhattan. Como está sólo a unos pasos al norte de la sede del Times, no fue una sorpresa que un gran contingente de editores, periodistas, y otros ex colegas del Times estuvieran en el público, riéndose disimulada y jovialmente de los desatinos de sus dueños – y deseando todo lo mejor a la autora – pero con gafas oscuras y sombreros calados en caso de que alguien estuviera observando.

Como consumidores de los medios, tenemos una deuda de gratitud con una combativa autora denunciante por darnos lo que un crítico ha llamado un “vistazo chispeante, aunque a veces espeluznante, de la forma de pensar parroquial de la más poderosa ‘mafia editorial’ en el periodismo estadounidense.”

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Steve Brown, escritor-activista de la Costa Este y profesional en la recaudación de fondos, es director de

Pacifica Radio WBAI-FM de Nueva York. Pasa su tiempo asesorando (pro bono) a organizaciones progresistas en la recaudación de fondos, el aumento de la cantidad de miembros, el realce de su perfil público, y el cumplimiento de sus misiones.

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