Los cien días grises de Angela Merkel- Primer balance del gobierno alemán
Alemania, un país cuya sociedad se entera de la crisis por los periódicos porque no forma –todavía– parte de la vida cotidiana, está gobernada por una canciller que observa pasivamente la deriva de su gobierno. ¿Hay algo de espera táctica en esa pasividad o es lo que parece, un vacío?
En favor de lo primero se cita el mes de mayo. Las elecciones de Renania del Norte-Westfalia –la región más poblada de Alemania, cuya pérdida para la CDU de Merkel significaría despedirse de la mayoría en el Bundesrat, la Cámara federal crucial para aprobar leyes y políticas– lo explicarían todo. Hasta entonces no se mueve nada, porque todo lo que venga después podrían ser malas noticias, incluida la valoración de lo que pueda hacerse con el grueso de la promesa electoral de bajar impuestos, un lastre que pesa como una losa sobre el programa de gobierno.
"La crisis económica convierte la bajada de impuestos en papel mojado", señala un editorial del conservador Frankfurter Allgemeine. La revelación de que el magnate hotelero August von Finck subvencionó al Partido Liberal –FDP, miembro de la coalición– con más de un millón de euros explica para muchos la rebaja del IVA (del 19% al 7%) a los hoteles que el partido forzó.
"Clientelismo" ha sido una acusación muy utilizada en estos cien días, y hasta el vicepresidente del FDP, Andreas Pinkwart, quiere revisar la política hotelera. Su compañero y ministro de Sanidad Philipp Rösler es atacado por favorecer al lobby farmacéutico y sanitario. Rösler nombró al frente del principal departamento de su ministerio a Christian Weber, vicedirector de la Unión de Cajas Privadas de Seguros Sanitarios, y despidió a Peter Sawicki, el principal crítico de la industria farmacéutica, del Instituto para la Calidad de Colonia.
Hay rastros de lobbismo también en el replanteamiento de la política nuclear, con planes de ampliar la vida de las 17 centrales alemanas, la última de las cuales debía ser desconectada en el 2022, según una ley del gobierno rojiverde, una perspectiva que podría dar a las eléctricas hasta 300.000 millones de beneficios y crear mucho descontento en el país del "Nuclear, no gracias".
La coherencia del Gobierno se resquebraja por doquier. No hay decisión que no evidencie división interna y polémica entre ministros, trátese de enviar más soldados a Afganistán o de comprar datos bancarios robados a Suiza para combatir el fraude fiscal. Las diferencias no son sólo entre los partidos del Gobierno –bávaros de la CSU, liberales del FDP y democristianos (CDU)–, sino que se manifiestan en el interior del partido de Merkel.
Cuatro barones de la CDU comenzaron criticando la falta de liderazgo de la canciller. Luego vinieron las diatribas de líderes regionales contra aspectos de la política de rebajas fiscales. Ahora son los ayuntamientos, que registrarán este año un endeudamiento récord porque su principal recurso de recaudación, los impuestos empresariales, han sido abolidos, lo que desemboca en el colapso de las economías municipales, según ha denunciado la alcaldesa de Frankfurt, la democristiana Petra Roth, presidenta del Consejo Alemán de Ciudades.
Todo indica que los alemanes van a comenzar a notar la crisis este año; pagarán más por la sanidad y más por impuestos y prestaciones municipales que compensen las rebajas empresariales, y la previsión en desempleo es pasar de los 3,3 millones de parados del 2009 a 4,1 millones en el 2010. Nada de esto es dramático. Vistas desde España, las cifras pueden parecer hasta benignas, pero habrá que ver cuánto recorte social conllevan. En esta economía exportadora se depende de la coyuntura internacional, algo incierto que quizá explique la pasiva actitud de Merkel.
En cualquier caso, domina una sensación de caminar sin rumbo. El izquierdista Tageszeitung ilustra los cien días presentando a Merkel como una invidente conducida por un perro lazarillo, el ministro de exteriores y líder liberal, Guido Westerwelle, también ciego. "Ninguno de los dos tiene proyecto, ninguno sabe cómo darle un futuro a esta Alemania exportadora".
En política exterior, Merkel sigue la corriente. Sus propósitos de sacar conclusiones de la crisis, reformar el comportamiento de las finanzas, de poner cierto coto a la especulación, en parte apoyados verbalmente por un Sarkozy que hablaba de "refundar el capitalismo", se quedaron en nada en los foros internacionales. En Oriente Medio, oídos sordos a la carta abierta de 27 ex embajadores pidiendo cambios en la política de cheque en blanco hacia Israel, con promesas de ir a sanciones contra Irán incluso sin respaldo de la ONU.
Pero es en Afganistán donde la ausencia se ha hecho más evidente. Con un 71% de la población contraria a la guerra, Merkel ha presentado como "cambio de estrategia" en una dirección más civil y menos militar lo que no es más que una mera contribución inercial alemana, y europea, a la escalada militar que el general Stanley McChrystal y Barack Obama llevan a cabo, ahora con la idea de negociar con los talibanes desde una "posición de fuerza". Esa posición es, sin embargo, mucho más débil que la que ya tenían en noviembre del 2001 cuando comenzó la guerra, hace casi nueve años, cuando Pakistán aún no estaba revuelto.
La enfurecida reacción de la clase política alemana contra el sermón de año nuevo de la jefa da la Iglesia evangélica alemana (25 millones de seguidores), la obispa Margot Kässmann, que se permitió decir lo que la mayoría de los alemanes piensan, puso en evidencia el nerviosismo que rodea a este tema. Sólo Merkel, el presidente Federal –Horts Köhler– y el del Bundestag –Norbert Lammert– tuvieron la inteligencia de desmarcarse del auto de fe contra Kässmann, una de las personas más populares en este país, apuntando el derecho de la obispa a tener una opinión.
Dicho esto, hay que regresar a lo principal: en el contexto europeo, desde España y Grecia, pasando por la Europa del Este, la crisis alemana es un concepto de lujo. Lo mismo puede decirse de la deriva de Merkel durante estos cien días. Su pasividad y desarme, su ausencia, por todos criticada, es un problema de cartón piedra, contemplado en su contexto continental.
