Los libros se toman El Retiro

sabado 30 maio 2009

Ahora que Nicolas Sarkozy y Rodríguez Zapatero bailan la zarabanda -o la “sarabande”- y que ambos líderes se han propuesto eliminar la frontera psicológica de los Pirineos, llama la atención la fortaleza de la muralla que distancia la literatura francesa de la española, más allá del flujo de traducciones recíprocas, del “caso Yasmina Reza” y de las ediciones de oficio que ambos frentes prodigan con politesse.

La Feria del Libro de Madrid se propone agrietarla convirtiendo al vecino en invitado de honor, aunque el territorio natural de Francia es la francofonía y el de España se antoja la sensibilidad hacia las letras anglosajonas y latinoamericanas. Quizá en alusión a las respectivas ensoñaciones coloniales. O la escapatoria de los antiguos complejos.

El de inferioridad, por ejemplo, proporcionaba a los círculos intelectuales españoles una devoción incondicional a la filosofía y el pensamiento franceses. Todavía ejerce París un poder de seducción en materia de ideas, pero han desaparecido los autores que las canalizaban a través de la literatura o el teatro -Camus, Sartre- y han muerto las luminarias de referencia (Derrida, Baudrillard), de tal modo que se ha originado una escena desenfocada y se han desorientado las filias de etapas anteriores.


El poco francés Le Clézio
Los jóvenes filósofos del sesentayochismo (Finkielkraut, Henri Levy) ya no son tan jóvenes ni influyentes, mientras que los literatos históricos de mayor reputación nacional -Sollers, Tournier, Bonnefoy…- ocupan un espacio más o menos marginal o especializado en los escaparates de Madrid y de Barcelona. De ahí el interés que reviste la concesión del premio Nobel a Le Clézio en su última edición. Es el primer escritor francés que lo obtiene desde los tiempos de Claude Simon (1985). Y, al mismo tiempo, es el menos francés de los escritores franceses, toda vez que su vida y su ejecutoria se atienen a un itinerario nómada y mestizo. Empezando por su lugar de nacimiento, Islas Mauricio, y terminando por su exilio en Nuevo México, donde lee en inglés y madura pasivamente las experiencias vividas en áfrica.

Jean-Marie Gustave Le Clézio llevaba una década en las quinielas, aunque las camarillas literarias parisinas atribuyen a Yves Bonnefoy mayores méritos, y sospechan que las razones literarias del Nobel se han valorado tanto como el compromiso ecológico y la sensibilidad humanitaria. Y Le Clézio no quiere desmentir semejante versión. Es una manera de otorgar a las letras una función y de reivindicarse a sí mismo como literato de acción: “Actuar, reaccionar, eso es lo que el escritor desea por encima de todo. Escribir, imaginar, soñar, para que las palabras, las invenciones y los sueños intervengan de alguna manera en la propia realidad”, precisó el escritor en el discurso de agradecimiento en la kermesse sueca.

Era Le Clézio un escritor de minorías en España. Se leyeron poco sus primeras obras y se olvidaron las de la madurez, pero la fiebre comercial y mercadotécnica del Nobel permite ahora redescubrirlo polifacéticamente. Hasta el extremo de que Tusquets, La otra orilla y Edicions 62 (en catalán) han resuelto en unas semanas la defenestración de unas décadas.


¿Quién funciona en Francia?
Indirecta o implícitamente, el aldabonzazo de Le Clézio ha servido para recordar la situación del vecino francés. Y para invitarlo al Retiro con una mezcla de respeto y de curiosidad ¿Quién funciona al otro lado de Los Pirineos? ¿Qué literatura vende, cuaja o crea tendencia? ¿Qué nombres existen más allá de Houellebecq, de Modiano, de Pennac, Jean Echenoz, por citar los mejor colocados en el circuito de España?

Lejos del complejo y del antagonismo ibérico, sí predomina la sensación de que la literatura francesa atraviesa un periodo de menor pujanza e influencia. La prueba está en que el premio Goncourt, máxima distinción de las letras francesas, ha recaído últimamente en Jonathan Littell y Atiq Rahimi. Ambos escriben en francés, ciertamente. Pero Littell es norteamericano de origen y Rahimi viene de Afganistán. Quiere decirse que su “victoria” reconoce tanto la apertura mental del jurado del Goncourt como delata la fragilidad del los candidatos nacionales. Sin olvidar que la cultura francesa ha tenido siempre una naturaleza centrípeta. Sea para entregar el pasaporte a emigrantes ilustres -desde el Nobel Beckett al no menos Nobel Gao Xingjian-, o sea para “atrapar” a los literatos de ultramar en la lengua de Stendhal, tal como lo demuestran la francofonía viviente y militante de Kundera, o de Kadaré, o de François Cheng.

“Hay una paradoja evidente”, explica Florence Noiville, periodista literaria de Le Monde. “Del mismo modo que la lengua y la cultura francesa pierden su influencia en el mundo, el idioma, en cambio, mantiene intacto su papel de seducción. Hay casos históricos, como Ionesco, Cioran, o Arrabal. Y nuevos, como el italiano Carlo Iansiti, el sueco Bjorn Larsson, el ruso Andrei Makïne y hasta el cubano Eduardo Manet”.


La revista Time y la grandeur
Fue la revista “Time” quien espoleó a literatos y académicos a propósito de la decadencia cultural francesa. Decía el semanario norteamericano que el Hexágono había perdido la grandeur y que agonizaba. Que Sartre había sido la última referencia influyente. Y que Michel Houellebecq, polemista, iconoclasta y superventas, era conocido por su misoginia, su misantropía y sus obsesiones sexuales. Una manera de trivializar o de amalgamar las razones literarias con las morales, cuando no puritanas.
Bernard-Henri Lévy, proamericano incondicional, se vio forzado a defender la patria, sobrentendiendo que “Time” convertía la decadencia cultural francesa en chivo expiatorio o fenómeno precursor de la propia. “El artículo habla con tonos auténticos de América y de lo que la espera, cuando la creciente influencia del español, del chino y de otras lenguas asiáticas llegue a suplantar al angloamericano como la lengua de la fórmula infalible y de la traducción universal. Francia es la metáfora de América. La hostilidad antifrancesa es una forma degradada de pánico, que no es capaz de admitir la propia existencia”, explicaba BHL.

Quizá a título compensatorio, el filósofo francés fue invitado a la Universidad de Nueva York el pasado mes de marzo para otorgar un acento cosmopolita al Festival de la Nueva Literatura francesa. No estaba solo. Le acompañaban Emmanuel Carrère, Fréderic Beigbeder, Marie Darrieussecq, Chantal Thomas, David Foenkinos y Olivier Rolin, más o menos para dar forma y músculo a la alineación titular en la realidad literaria de 2009.


Los verdaderos superventas
Tiene interés el equipo porque demuestra lo poco conocidos que son en España la mayoría de los autores. Y porque la lista en cuestión excluye a los verdaderos superventas del mercado francés. Empezando por Marc Lévy, cuyos libros se traducen en 41 países, cuyos emolumentos anuales superan los 80 millones de euros y cuyos resabios comerciales le han granjeado una reputación embarazosa en los salones de la alta cultura. Detrás de él, aparecen en la lista de best sellers dos autoras. Una, Anna Gavalda, de 39 años, se ha convertido de acuerdo con la crítica en epígono de Dorothy Parker. La otra se llama Frédérique Audouin-Rouzeau, aunque los admiradores de sus novelas negras, incluidos los fans transpirenaicos, la conocen con el seudónimo de Fred Vargas. Inspirado, por más señas, en el sobrenombre que adoptó Ava Gardner en La princesa descalza. “Se habla de novela comercial cuando, al contrario, debería reconocerse que los lectores franceses, y no sólo ellos, han dejado de identificarse con los problemas existenciales de los autores. El desierto narrativo que se produce desde los años setenta y ochenta ha favorecido, entre otras cosas, el desarrollo y la reputación de las novelas policíacas. La literatura se ha convertido en menos tormentosa y en más placentera”, razona Fred Vargas a propósito de su dimensión francesa, incluso transfronteriza.


Reza, a la vera de Sarkozy
Gustan sus novelas a los lectores españoles, aunque la posición de privilegio corresponde a Yasmina Reza. La escritora parisina, de 50 años, parece haber asumido la reputación que antaño tenía Marguerite Duras. No por coincidencias estéticas ni literarias, sino porque maneja el crédito popular con el prestigio de la crítica. Y porque su condición de creadora polifacética le permite exponerse con idéntica soltura en la novela, el ensayo y el teatro. La prueba está en el éxito que adquirió su cuaderno de viaje a la vera de Sarkozy. Y más recientemente el estreno teatral de El dios salvaje, representativo del catálogo de Reza porque se atiene a la crítica despiadada de la sociedad contemporánea -la mediocridad- y porque edulcora el pesimismo o el escarnio con la ironía y el sentido del humor.

“He nacido en París, pero no creo escribir como una francesa. Me valgo de ambigöedades o de elipsis, heredados el entorno que me ha rodeado. Nunca se sabía si una frase iba a terminar en lo cómico o en lo trágico. Mis padres han agradecido a Francia haberlos aceptado, pero yo me siento como una apátrida. He vivido entre dos mundos: el de Francia y el de mi familia dispersada. Siendo francesa, no escribo como tal”.

Ahora tiene pendiente Yasmina Reza estrenarse como realizadora cinematográfica. Esta rodando la versión en celuloide de Une pièce espagnole, aunque la película en cuestión aparecerá con un título castellano: Chicas. Es la manera de justificar la presencia de Carmen Maura y el modo simbólico de abrir un túnel en la frontera cultural de Los Pirineos. Asumiendo que a Reza, hija de un ingeniero ruso-iraní y de una violinista húngara, no le emociona particularmente La Marsellesa.


Patrimonio del ensayo
Tampoco le entusiasmaba el himno al sarcástico e implacable Baudrillard. Ha dejado al pensamiento francés desprovisto de la seducción, aunque su muerte, como la reciente de Jean François Revel, no implica que el patrimonio del ensayo tricolor haya perdido la tonicidad.

Tzvetan Todorov, búlgaro de origen con pasaporte francés, ha recibido este mismo año el Príncipe de Asturias a propósito de su perseverancia en el concepto de la alteralidad y sin demérito de la nómina de luminarias que discurren, literalmente, al norte de los Pirineos. Desde las cimas de la sociología, como Alain Touraine, hasta los divulgadores (Max Gallo), los téoricos del pensamiento complejo (Edgar Morin) y los polemistas de vértigo y hondura. Incluidos el incendiario Alain Badiou y el audaz Pascal Quignard, premio Goncourt en 2002, autor de Las sombras errantes y firmante de un exorcismo terapéutico contra los extremismos: “Quizá deteste a todos los que aman su lengua, su apellido, su nombre, su nacionalidad, su religión, su estatus, su pensamiento”.

Rubén AMÓN








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